miércoles, 26 de agosto de 2015

Artículos, 3. Prólogo - III





ARTÍCULOS, 3

Por David Martínez Romero


Gustave CAILLEBOTTE, Los acuchilladores




Prólogo



III



    Hace unas pocas semanas se produjo un animado debate en un foro del que me siento afortunado miembro, en torno a la intención programática de Albert Rivera, a la sazón presidente de Ciutadans-Partido de la Ciudadanía —Ciudadanos, para los amigos—, de crear un Silicon Valley en España. Albert Rivera parece destacarse como una de las nuevas y flamantes figuras de la política española a menos de un año de las elecciones generales que tendrán lugar en diciembre de 2015 (presumiblemente, dado que aún no han sido oficialmente convocadas), y que como todo parece indicar supondrán el final del bipartidismo en la democracia parlamentaria del Reino de España.[1] Aún queda por demostrar si el final del bipartidismo traerá consigo una erradicación de la corrupción, el caciquismo y el clientelismo que corroen la sociedad española y que, en última instancia, suponen tanto aquí como en el resto de las democracias occidentales (to each, his own) el mayor impedimento contra la igualdad de oportunidades en la que se funda, o pretende fundarse, la Democracia occidental de la Edad Actual. Y digo Actual porque opino que la denominación Contemporánea ya no basta, como no bastó en su día Edad Moderna muy a pesar de que sigamos inmersos en la misma modernidad que es heredera de una Edad Media que parece no terminar nunca, acaso debido a una incomprensión fundamental de la Antigüedad. Este asunto será, como veremos, uno de nuestros temas principales. Y haciendo aún más fascinante para las masas el interés por la lectura de estos artículos, añadiré que en todo caso constituyen un primer, y conscientemente provisional, intento de acercamiento a una cultura clásica, queriendo decir con ello una cultura no imperativa (mal que le pese a mi maestro), sino antes bien ya imperante en todo momento, sólo que de manera cada vez más tenue, delgada, delicada, casi hasta llegar a la extenuación de la presencia, en esta nuestra cultura tan ofensivamente vanidosa que ha llegado a presentarse como la cultura en sí o, lo que es lo mismo, la cultura de nada, la no-cultura, la ausencia de cultura por designio de ley orgánica. Es prueba de ello el hecho de que un político aspirante a convertirse en pieza clave de los destinos administrativos de España, no dude en ondear su encomiable proyecto de crear en esta tierra un Valle del Silicio paralelo, queriendo decir con ello, me figuro, que si gobierna sentará las bases de una comunidad universitaria, científica, tecnológica y empresarial capaz de equipararse a la que en los Estados Unidos de América ha dado, y todavía está por dar, tan significativos frutos, acogiendo en su seno las matrices de megacorporaciones como, sin ir más lejos, Google o Facebook. Pero ante todo Silicon Valley es un símbolo de la investigación tecnológica y el desarrollo creativo aplicados al éxito empresarial cobijado, mimado e incentivado por la inagotable actividad de las instituciones educativas y el gobierno estadounidense, estandarizados en la universidad privada de Leland Stanford Junior, merecidamente considerada como el rien ne va plus de la innovación científica aplicada con resultados económicos contantes y sonantes… ¡y tan contantes, y tan sonantes!


    Por otro lado, si en efecto la democracia ha llegado a convertirse, como ya advirtiera Borges, en un abuso de la estadística, no debe resultar demasiado extraño que todo (y el todo) acabe reducido por defecto al mínimo común denominador. Era pues de esperar que la política pretenda dirigir la opinión pública a través de tópicos, superficialidades, eslóganes vacíos y promesas imposibles, como por ejemplo crear un Silicon Valley en España, pretensión cuya grandilocuencia no logra ocultar la honda tragedia castiza (moderna, y por lo tanto melodramática) que esconden tan rimbombantes palabras. No olvidemos que el tema que nos traemos entre manos, y que aún habrá de probar si se trata de la cosa misma, es el saber. Sólo un idea sólidamente prefijada de lo que es el saber puede dar lugar al surgimiento de un Silicon Valley, y concentrar en estas palabras la emanación de los triunfantes efluvios del éxito, pues, como hemos dicho, lo que ellas representan es la compenetración de la investigación científica universitaria, tanto pública como privada, con el desarrollo tecnológico audazmente aplicado al crecimiento empresarial, por medio de y gracias al cual se logra un aumento de la riqueza de las naciones, la integración de las sociedades y el bienestar de los individuos. Un mundo maravilloso. Igualito que Alice in Wonderland. Pero es precisamente esta confianza inusitada, casi fanática —comparable a cualquier fanatismo religioso, pues al fin de una creencia irreflexiva se trata— en el progreso tecnológico guiado por la ciencia hacia el paraíso de la democracia liberal (esa misma democracia a la que más arriba he llamado marxista), la que me pone los pelos de punta y hace que se me salten todas las alarmas. Y si bien aún no ha llegado el momento de entrar de lleno en el cuestionamiento de esta creencia (por lo demás ya bastante cuestionada), sí es tiempo de comenzar a mostrarla como tal, acaso preparando el camino para relacionarla directamente con esa más antigua y por ello mismo más profunda creencia ilustrada en el desarrollo tan progresivo como imparable de la humanidad, la cual no deja de recordar a aquel viejo camino de redención del hombre hacia Dios, y el aún más ancestral combate esencial entre el bien y el mal a cuyo último extremo tendrá lugar el Juicio que distinguirá a los perversos de los piadosos, para que los unos ardan eternamente en el fuego del infierno y los otros sean salvos en los cielos por siempre jamás. Amén. Sí: la democracia es escatológica, y lo es porque no lo sabe o si lo sabe no le importa y si le importa no sabe lo que es el saber y por lo tanto todo sigue igual. Así pues: ¿qué es el saber? ¿Cómo saber lo que es el saber? ¿Y qué tiene esto que ver con la posibilidad de fundar algo así como un Valle del Silicio en España? ¿A qué viene tanta altisonancia?


    Viene a que los españoles, o al menos los españoles que hemos tenido o tenemos alguna relación con las universidades, sabemos que, en primer lugar, un Silicon Valley nunca hubiera sido posible sin una Stanford University, y que a su vez una Stanford University nunca hubiera sido siquiera soñada sin un previo, largo, mastodóntico esfuerzo por coadyuvar energías en una sola y misma dirección: asegurar las condiciones que hicieran posible una inagotable labor de investigación científico-tecnológica cuyos avances y resultados gozaran de la fluida y constante transferencia del conocimiento desde y hacia las instituciones públicas y el ámbito privado capaz de aprovechar el conocimiento generado para asegurar, en primer lugar, la primacía militar de la defensa de los Estados Unidos, y en segundo lugar, el control y aprovechamiento de las patentes resultantes para que el propio tejido empresarial estadounidense gozara de un acceso privilegiado (y convenientemente controlado) a las aplicaciones comerciales de ese conocimiento que, de nuevo, asegurasen su primacía económica internacional. Entraríamos así de pleno en cuestiones de carácter histórico cuyos puntos de inflexión se corresponderían con la Primera Guerra Mundial, el crack de la bolsa de Nueva York de1929, la Segunda Guerra Mundial y la subsiguiente Guerra Fría. Con la ya mentada caída del muro de Berlín, o hundimiento del bloque soviético, tendríamos un nuevo hito a partir del que situarnos en pos de la comprensión de los procesos que en la Historia Universal Contemporánea han hecho posible una revolución científico-tecnológica como la que todavía continuamos experimentando, y cuyas consecuencias, por aparentemente ilimitadas en extensión e intensión, no pueden dejar de inquietarnos. De esta revolución, tanto de su contenido como de la forma de la misma, se ha erigido a la Universidad de Stanford como ejemplo y referencia, se ha hecho de Silicon Valley su punto de localización geográfica, y se ha concretado en Internet el caso por excelencia de revolución dentro de la revolución que muchos tienen ya por el hito absoluto de nuestra época. Pues bien, la pregunta que insobornablemente nos acucia desde que escucháramos por primera vez la propuesta de Albert Rivera no es otra sino ésta: ¿es posible ya no crear, sino trasladar siquiera los principios rectores simbolizados en Silicon Valley… a España?

    En el foro al que me referí al comienzo de este artículo, la respuesta no sólo era generalizadamente negativa, sino que además se arrojaban insidiosas sospechas sobre el afán populista ínsito en semejante exabrupto, de manera que resultaba puesta en tela de juicio la posibilidad misma de generar en España un sistema de transferencia del conocimiento apto para dinamizar las relaciones administración-investigación-empresa hasta el punto de propulsar casos de éxito que llegaran a merecer siquiera el atrevimiento de la comparación. Por el contrario, se advertía que la relación entre las universidades y las empresas españolas resultaba ante todo problemática, y la autoridad de las instituciones públicas para ofrecer soluciones resultaba asimismo puesta en entredicho. O más bien se deja en entredicho ella sola, como se evidencia en las recientes declaraciones del director de la Oficina Económica de La Moncloa, según el cual se hace preciso “controlar los costes y la inversión en I+D, ya que no es una opción rentable a corto plazo para mejorar la relación calidad-precio”, aunque a continuación el mismo indicase que sí se reconocía partidario de estas políticas a largo plazo. Lo que ocurre es que estas políticas son por definición a largo plazo, y únicamente su aplicación eficiente y continuada es capaz dar resultados plausibles, de modo que si no se emprende nunca decididamente, jamás llega a producir ningún tipo de resultado. Ahora bien, el necesario carácter resumido y aun polémico de unos artículos no debe hacernos caer en aseveraciones absolutas tan vanas como sus contrarias: no se trata de que en España no haya en absoluto investigación, ni desarrollo, ni innovación; sería imprudente afirmar que las universidades españolas son poco más que un nido de burócratas enrocados en un mundo teórico tan dudoso como inasible sin la menor relación con las instancias empresariales y financieras; resultaría de todo extremo injusto denunciar la total ausencia de impulsos por parte de la administración pública y las instituciones promovidas por el Estado. Más bien se dan, de hecho, enormes esfuerzos por investigar, desarrollar e innovar, a menudo desde las mismas instituciones educativas que pugnan por trasladar conocimiento a la sociedad, sin duda gracias en buena medida a las medidas de los diferentes gobiernos, ministerios y organismos públicos creados a tal efecto. Pero ocurre que, sencillamente, estos esfuerzos chocan de manera constante con la mala organización, la pésima coordinación y la desidia de los mismos responsables de dinamizar estas relaciones, así como con la incapacidad de la universidad por remover los numerosos obstáculos que ella misma se impone en un escenario plagado de incontables actores con roles oscuros y duplicidades inútiles que tiene por base una sociedad mayoritariamente indiferente y aun hostil al desarrollo del saber, más de la mitad de la cual, recordemos, pertenecía hace apenas 60 años al sector agrario. Profundizar en todas estas cuestiones excedería con mucho la ambición de estos artículos, y hacerlo de manera científica impondría una metodología que dista con mucho de la estructura interna de mi forma de trabajar. Existen sin duda interesantísimos estudios a los que se puede acceder con una conexión a Internet, a través de Google y Wikipedia. Por otro lado, ponerse a buscar datos por doquiera para después crear un amasijo de afirmaciones incontrastadas se ha convertido ya en un deporte demasiado extendido como para que este amante de las minorías y de las sutilezas se disponga alegremente a practicarlo. Ojalá, en todo caso, mis reflexiones consigan animar a lo primero, y provocar una cierta contención en lo segundo; porque el problema de antemano es, en mi opinión, que en España no hay, no se ha conseguido crear un ambiente propicio para la generación y el cuidado del conocimiento, tanto menos para su transferencia, y mi propia investigación al respecto, acientífica y pretendidamente no profesionalista, como es lógico se dirige directamente al corazón de una situación en la que tanto laten las pasiones como las razones, y eso cuando logran latir al unísono, pues como ya escribiera Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”. Y en España aún se pone demasiado corazón y muy poca razón a cada asunto en cuestión, de manera que, hasta que no recorramos el completo camino de la razón hacia sí misma, que Hegel llamó via crucis o “camino de la desesperación”, mientras no hagamos este esfuerzo supremo, jamás estaremos en disposición de enfrentarnos al asunto esencial: cómo, si acaso fuera posible, convertirnos de una vez por todas en una auténtica comunidad.





[1] En sentido estricto, y como es notorio, bipartidismo como tal no lo ha habido jamás en la reciente monarquía parlamentaria española, cuyo gobierno ha sido ya ejercido por tres partidos diferentes. No obstante, 35 años de alternancia de dos partidos en el poder pueden considerarse bipartidismo de facto, la responsable del cual no es otra sino la ley electoral, creada entre otras cosas para asegurar mayorías estables con la mirada puesta seguramente en parte en Italia, en parte en Francia, cuyo bizco resultado ha sido en efecto un bipartidismo sui generis con gran peso específico de los nacionalismos vasco y catalán, bipartidismo que ya no parece soportable y que hace aguas por todas partes, debido no tanto a la aparición de nuevos partidos con claras aspiraciones de gobierno, como Podemos o Ciudadanos, sino a la gestión flagrantemente interesada, cuando no corrupta, de la cosa pública por parte de los viejos partidos. Quizá una nueva ley electoral permitiera la imposibilidad de mayorías absolutas y el concurso a las decisiones gubernamentales de diversas organizaciones políticas que hayan de verse así obligadas a pactar y dialogar, lo que representa una pérdida de poder a la que está por ver si se encuentra dispuesta una clase política poco acostumbrada a dialogar y a pactar efectivamente.



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